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Uno de esos detalles tan pequeños como conmovedores

Por lowgolf

A Miguel Ángel Jiménez se le escapaba el British Senior como arena fina entre los dedos por esos últimos hoyos de Carnoustie. El español, después de haber salido a jugar la última ronda como líder destacado, llegaba al temible 18 con el agua al cuello, un golpe por detrás de Paul Broadhurst, y un doble bogey terminaba de arruinarle la faena…

Hay que ponerse en situación. ¿De verdad vamos a dejar de ver a Miguel en las grandes citas, junto a los mejores, como en Royal Troon, dando la cara y mojando la oreja a la mayoría? Eso mismo siente el malagueño. Por ello, la victoria en Carnoustie era tan importante: lo metía de cabeza en el Open Championship de 2017 en Royal Birkdale y, lo que es aún más importante, le habría proporcionado un chute de adrenalina y juventud, una inyección de expectativas, de ganas (aunque a este hombre no le faltan nunca), un merecido y reparador baño de gloria…

Allí mismo, sobre el green del 18 y con el doble bogey recién puesto en la mochila, más doloroso que una puñalada por todo lo que significaba, Miguel felicitaba al ganador como mandan los cánones. Hasta ahí todo normal. Pero acto seguido, con un Broadhurst que a mí me pareció excesivamente insensible ante el derrotado (ni una palabra de aliento para el perdedor, aunque hasta cierto punto es lógico: la emoción lo tenía turbado), Miguel volvió a esperarlo a pie del green. Y volvió a dirigirse a él, agasajándolo de nuevo. Y lo escoltó casi hasta la misma entrada de la caseta de firma de tarjetas, aunque el inglés fuera deteniéndose, recibiendo felicitaciones aquí y allá, como es propio de una situación como aquella.

Ustedes pueden pensar con todo el derecho del mundo, pues vaya estupidez. Vaya detalle tonto. Puede ser. Pero así lo vi y viví durante la retransmisión en directo y así lo certifiqué días más tarde y fríamente en una redifusión: a mí esos detalles, insignificantes si ustedes quieren, me dicen cosas, me conmueven, sobre todo conociendo a Miguel y estando tan completamente seguro de lo que aquel doble bogey había significado. A eso, como mínimo, lo llamo yo hombría, saber estar, educación, saber perder…

Exactamente nueve años y dos días antes de este suceso, a unas decenas de metros del green del 18 de Carnoustie, Miguel también se acercó a arropar a un Sergio García que, todavía medio sonado, se disponía a jugar un desempate con Padraig Harrington por el British Open de 2007, minutos después de fallar un putt de algo menos de dos metros que le hubiera dado la Jarra de Clarete. Estuvo junto a él, lo recuerdo como si fuera ayer, aunque nunca he sabido si llegó a decirle algo a Sergio. Da igual. Estaba allí, en su sitio.

 

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